Los vampiros somos seres muy sexuales. Realmente no es tan raro. Los humanos también gozáis del sexo como uno de los mayores placeres de la vida desde los albores del tiempo, pese a los tabús que lo han ido envolviendo con el paso de la historia. Pero pensad que, nosotros, viviendo durante siglos, conociendo a sólo unos pocos seres iguales con los que desatar nuestras más oscuras perversiones, tenemos una gran necesidad de mantener relaciones sexuales cuando se tercia. Y me consta, dada mi lista de amantes a lo largo de los años, que somos criaturas con grandes capacidades amatorias.
El sexo con humanos es diferente al que se practica con congéneres. Entre nosotros podemos dar rienda suelta a nuestra fuerza, a nuestros dientes, a nuestra velocidad y el resto de ventajas de las que gozamos.
Releyendo lo hasta ahora escrito, me he dado cuenta de que no os he contado ninguna experiencia con vampiras aún.
Bueno, se acabó la espera para vosotros.
Durante los primeros años como vampira, Less me presentó a varios amigos suyos, del mundillo, por así llamarlo. Como primeriza que era, despertaba risas en los más veteranos cuando me sorprendía de esto o aquello, o cuando apretaba los puños intentando contener mi sed. Aunque no tengo queja de su trato, pues me enseñaron todo lo que sé, a veces me sentía el bufón de la "especie". Pasaba de mano en mano y aguantaba las observaciones que todos hacían de mí. Aunque entonces mi carácter de jovencita malcriada me hacía querer matarlos a todos con la mirada, ahora veo todo aquello como un simple ritual de iniciación, sin apenas malicia por su parte.
Apenas.
Retomando lo dicho anteriormente, los vampiros somos altamente...¿cómo lo llaman ahora?..."ninfómanos", tal vez. Y nuestras habilidades en la cama también precisan de enseñanza por parte de otros compañeros.
O compañeras.
Less y su amiga (también vampira) estaban especialmente contentas aquella noche. Y creo recordar que yo también. El opio y la sangre bebida aquel día provocaron en nosotras una euforia incontenible. Glorioso fue el siglo XIX para nosotras.
Todos nos reuníamos por aquel entonces en un refugio común, dedicado a disfrutar fuera de la manera que fuera, y con todo el material disponible para ello.
Entre risas y sugerentes propuestas, Less, su amiga y yo terminamos jugueteando tiradas en el suelo de piedra, acariciándonos y retozando como gatas en pleno celo. Cada ocurrencia de una producía carcajadas en las otras dos. La amiga de Less murmuró algo en su oído, haciendo que esta se mordiese juguetonamente el labio mientras decía:
-Oh...así que te gusta Adair...
Yo, que no estaba acostumbrada a la droga, ni tampoco a la sangre, y mucho menos a los cumplidos, sentí en mis mofletes sensación de ruborizarme, cosa imposible dada mi condición de vampiro.
Las dos me miraron durante unos instantes y luego se miraron entre ellas. La chispa que saltó entre sus ojos hubiera podido verse a distancia hasta por un tonto. Algo tramaban, lo entendí desde el principio.
Sonrientes como niñas traviesas se incorporaron y tiraron de mis manos conduciéndome a la gran cama de la que disponíamos en el refugio. Bastantes compañeros que se encontraban en ella dejaron de hacer lo que fuera que cada uno hacía para observar la escena, siempre con esa sonrisa de superioridad y curiosidad en sus caras.
De un ligero empujón me tiraron boca arriba sobre el colchón de la cama, y en seguida el resto de congéneres abrió hueco como si fuera un teatro y yo fuera la estúpida primeriza en mitad del escenario. Con rapidez y aprovechándose de mi lamentable estado de embriaguez y bloqueo, Less tiró de mis manos arrastrándome por el inmenso colchón hasta el cabecero de la cama, al que ató mis muñecas con el lazo que hasta entonces llevaba decorando su cuello. Su amiga se acercó a mí con parsimonia y sensualidad, gateando hasta mí y comiéndome con la mirada.
Aún no la he descrito. Como si hecho adrede, era rubia. Os recuerdo que Less era morena, y yo pelirroja. Sus ojos eran verdosos, teñidos de marrón claro en los bordes. Con un cuerpo del que a muchas les gustaría presumir, con proporciones equilibradas y curvas perfectas, resulta que tenía antojo de "la flacucha de Adair".
Cuando estuvo a mi altura, me miró a los ojos unos segundos. Sin mediar palabra y manteniendo la mirada, tiró del cuello de mi blusa de encaje y la rasgó en milésimas haciendo saltar los botones por el colchón. Mi palidísima piel y mis pechos quedaron al descubierto.
Less, sonriente, se colocó detrás de la rubia y le desató el corsé con movimientos rápidos. Pronto ambas quedamos desnudas de cintura para arriba. Todos nos miraban disfrutando del momento, pese a que yo me sentía avergonzada y en parte forzada. En parte.
La rubia se abalanzó sobre mí sin que pudiese mediar palabra y comenzó a besarme. Less entre tanto seguía jugando a desnudarme y me quitó con agilidad la ropa que cubría mis piernas, y también la ropa interior. Quedé totalmente desnuda por aquellas dos vampiras y rodeada de ojos curiosos. Less echó levemente a un lado a la rubia, de tal manera que quedaron las dos a gatas a ambos lados de mi cuerpo. Las dos se desnudaron también, lo cual agradecí esperando que los demás dejasen de mirarme a mí.
Inmóvil, desnuda, y con las dos vampiras más bellas que conocí utilizándome como juguete. Así estaba.
Less me besó el cuello suavemente mientras su amiga deslizaba su mano por mi cuerpo haciendo maravillas.
Los besos de Less eran tiernos y juguetones. Las caricias de la rubia ardían. Pronto sus manos llegaron a mi pubis y me sacudieron varios escalofríos.
Cuando Less notó mis ligeros espasmos, paró en seco la mano de la rubia agarrándola por la muñeca y dejó de besarme. Se situó de rodillas entre mis piernas y me acarició los muslos.
Mis sentidos estaban desorbitados en aquel momento.
La rubia me miraba con demasiado deseo para lo que estaba acostumbrada. Sus ojos ardían. Mientras que los besos de Less eran dulces, los que me daba la rubia eran apasionados, fuertes, rápidos. Me llenó el cuello de intensos mordiscos que me hacían emitir pequeños gritos una y otra vez.
Less, bajo su máscara de niña inocente, había empezado otro juego por su cuenta entre mis piernas. Sus manos acariciaron cada pliegue de mí haciendo que pronto empezase a retorcerme de placer, entre el dolor de los mordiscos de su amiga. Cerré los ojos y me olvidé de nuestros espectadores. Demasiadas sensaciones me recorrían como para que me importase nada.
Los dedos de Less me estaban llevando al orgasmo, lo sentía. Mi respiración se veía interrumpida por jadeos y quejidos de dolor de los mordiscos. Sentía que me corría y que no podría evitarlo. Estaba totalmente indefensa.
De pronto, Less paró y me dejó a las puertas del clímax. El placer se agolpó contra cada rincón de mi cuerpo intentando en vano salir. Su amiga, ajena a todo, seguía besándome y mordiéndome como esperando encontrar sangre en mi cuello inmortal. Less la obligó a incorporarse tirándole del pelo desde detrás. Tiró hasta dejar la oreja de la rubia a la altura de su boca y le susurró sin dejar de mirarme a los ojos: "Házselo tú".
La rubia se relamió al oír sus palabras y gateó velozmente hasta tener su cabeza entre mis muslos. Less, por su parte, dejó la ternura a un lado y colocó una rodilla a cada lado de mi cabeza, dejando a la altura de mi boca su sexo. Sin que tuviera que decirme nada, comencé a lamerlo instintivamente. Me gustó su sabor.
Las ansias de placer podían con mi raciocinio entonces.
Noté cómo la rubia lamió mi coño lentamente de abajo a arriba. Gemí. Less suspiraba encima de mí, con los ojos cerrados.
Su amiga siguió jugando con la lengua, cambiando de velocidad. Me agarraba los muslos con fuerza atrayéndome hacia su boca. En un momento quitó una mano de mi pierna y comenzó a tocarse.
No podía más. Estaba indefensa y me encantaba.
Mis gemidos se ahogaban en el cuerpo de Less, que pronto también comenzó a mover sus caderas buscando mi lengua con cada recorrido de ésta.
Mi cuerpo entero se estremecía a cada milésima, mis caderas se retorcían, mis muñecas dolían de apretarlas contra el cabecero. La rubia clavó las uñas de su mano libre en mi costado derecho.
Y entonces llegó. Me corrí. No hay otra forma de decirlo. Me corrí en aquella cama, en la boca de una rubia impresionante y con la mía en el cuerpo de una morena no menos bella. Gemí, casi grité. Lo recuerdo porque no había ni un sonido más en la sala.
Less sonreía triunfante desde arriba. La rubia se relamía como una leona tras cazar a su presa. Yo me retorcía bajo la mirada de un círculo de vampiros.
Fue una experiencia inolvidable, como poco. Dicen que para todo hay una primera vez.