lunes, 19 de agosto de 2013

Más.

-Más fuerte.

La voz parecía escaparse con dificultad entre sus labios, apenas audible, como si el mero hecho de pronunciarlas fuera algo insoportable.

El chasquido del cuero contra su nívea piel pareció resquebrajar el aire a nuestro alrededor.

-Más...- Suplicó de nuevo con los ojos cerrados.

Un nuevo movimiento de mi brazo hizo silbar el aire al abrir paso a la negra piel de mi correa. Sus hasta entonces pálidas nalgas se tornaron rojas en pocos segundos. Acaricié con delicadeza la piel castigada y caliente por la sangre que se acumulaba en las capas inferiores.

Estaba a gatas, con las muñecas atadas entre sí. Desnuda. Totalmente desnuda para mí. Su pelo negro caía alborotado por su espalda.
-Sigue...- Intentó decir en un susurro entrecortado, pues no pudo evitar morderse el labio inferior. Antes de que pronunciase la palabra entera un nuevo azote interrumpió su petición.

-¡Ah!- Gimió.
Y una fina grieta en la parte superior de su muslo derecho pareció abrirse como un regalo para mí. La estrecha línea que había cortado con el canto de la correa empezó a teñirse de un rojo brillante, y una tímida gota de sangre escurrió por su pierna, lentamente. La recogí con la yema de los dedos y me la llevé a los labios. Seguía tibia y era salada, espesa. Cerré los ojos para saborearla.
Volví a acariciar su piel, que por momentos se enrojecía más y más.

Ella suspiraba. Veía su espalda subir y bajar, y sus omóplatos moviéndose acompasadamente. Dejé el cinturón a un lado y me acerqué más a ella por detrás, hasta que sentí su culo contra mis caderas.
Retiré con delicadeza los mechones de pelo que no me dejaban ver toda su piel y apoyé mi mano derecha en su cuello, esperando a que su respiración volviese a la normalidad.
Cuando se relajó, hundí con fuerza mis uñas en su espalda y la recorrí de arriba a abajo. Ella se arqueó entera, y un gemido mezcla del dolor y del placer rompió el silencio.

Sus brazos cedieron y se dejó caer sobre el colchón entre suspiros, con su culo aún contra mi piel.
Con mi mano derecha empecé a acariciar la parte interna de sus muslos. Ella suspiraba sin cesar.
Seguí subiendo hasta su pubis y ella se estremeció. Estaba muy húmeda.
Comencé a acariciarle los labios primero, y luego el clítoris, disfrutando de cada vez que ella movía y arqueaba su espalda, moviendo sus nalgas contra mí.
Aceleré el ritmo y las piernas empezaron a temblarle. Los gemidos eran incontenibles y constantes, cada vez más intensos.

Y entonces paré y observé en su cara la decepción y las ganas de que siguiera. Estaba casi temblando.

-¿Quieres que siga?- le dije.
Ella no acertó a pronunciar una palabra. Simplemente vi cómo asentía con su mejilla apoyada contra las sábanas y los ojos aún cerrados.

-Pídemelo.- Ordené, con una voz tan rotunda que abrió los ojos de repente. Pero no dijo nada.
-¡Que me lo pidas!- Repetí, inclinándome sobre ella y agarrándole fírmemente del cuello.

-...Por...f-favor...-
-¿Por favor qué?- Susurré inclinándome aún más sobre ella.
-...Por favor...fóllame más fuerte...sigue.

Esa frase pareció mantenerse flotando en la habitación y en mi cabeza.
Dicho y hecho.

Metí mis dedos índice y corazón de la mano derecha en mi boca para humedecerlos y volví a su coño. Los introduje en su vagina y comenzó a retorcerse sin que tuviera que moverlos. Los saqué, lentamente, más mojados de lo que entraron, y volví a meterlos algo más dentro que antes. Repetí esto una y otra vez mientras ella no paraba de moverse contra mí y gemir.
Mis dedos se movían más y más rápido dentro de ella y pude ver cómo sus pequeñas manos se agarraban con fuerza a las sábanas. Sus gemidos se volvían más agudos y más potentes, hasta que casi pareció que gritaba.

En un último movimiento de mis dedos, se corrió y se dejó caer del todo sobre la cama, con ligeras sacudidas en sus muslos y su vientre. Seguía respirando muy rápido y su cuerpo se retorcía buscando el mío, aunque yo seguí un rato observándola a cierta distancia.

Nunca había pensado que un cinturón pudiera dar tanto juego.