lunes, 10 de diciembre de 2012

Clímax

Y allí estábamos nosotras, en su cama, recién asomada la luz de la mañana al interior de su habitación.
Desnudas y revueltas entre las sábanas como si la noche anterior hubiera sacudido la casa un terremoto.
Y bueno...en cierta forma así fue.

Recuerdo mi boca bajando desde su pecho hasta su ombligo, y toparme con su ropa interior de encaje negro, y quitársela despacito, como con pereza. Después besé todo aquello que descubrió la tela, besé toda su piel. Acaricié sus muslos con las yemas de los dedos, como si se los estuviera recorriendo una pluma en vez de mis manos.
Allí, con la cabeza entre sus piernas, tracé con la punta de la lengua una línea en el borde de su muslo izquierdo.
Levanté la vista y me topé con su cara. Estaba sonrojada, le daba vergüenza pero se moría de ganas.
Sonreí y se ruborizó aún más.
Volví a bajar la cara y con la ayuda de mis manos intenté que se tranquilizase.
Una caricia aquí, otra allá... un par de besos...
Cuando cerró los ojos, la recorrí por primera vez con la lengua.
Le dio un escalofrío y echó la cabeza hacia atrás.
Muy despacio, de abajo a arriba, otra vez más. Volvió a estremecerse. Dejó los labios entreabiertos, estaba preciosa.
Otra, y otra algo más rápida. Sabía mejor que la sangre de muchos mortales.
Solo con la punta de la lengua, otra más, y más, y más...
Cerré los ojos para disfrutarla mejor.
La saboreé como al mejor de los frutos, rodeándolo con mis labios, chupando, lamiendo, acariciando mientras tanto sus muslos y acercándola hacia mí.
Pronto empezaron a oírse sus suspiros.
Quería más y más de ella. Cada vez jugaba más rápido con la lengua, cada vez más cerca, algo más fuerte...quería sentir como terminaba en mi boca.
Sus jadeos eran cada vez más rápidos, sus escalofríos tan fuertes que era como si se transmitieran a mi cuerpo sus sensaciones.
Cuando estaba cerca, abrí los ojos para verla y disfrutarla aún más.
Su cuerpo se preparaba. La cadera con un ligero vaivén, el pecho subía y bajaba rápidamente. Los muslos le temblaban, las manos se extendían tensas sobre las sábanas, como si fueran ellas quienes la mantenían sujeta a la cama. La cabeza hacia atrás dejaba a la vista el cuello, con los músculos moviéndose sin descanso.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando oí el primer suspiro que se convirtió en gemido al salir de su boca. Separó la espalda de la cama elevando un poco el pecho y el movimiento de sus caderas se hizo más fuerte.
Siguió gimiendo y yo lamiendo lo más rápido que pude, intentando mantener la concentración en hacerla disfrutar aunque la tuviese ahí, tan guapa, corriéndose ante mis ojos.
Sus manos agarradas a las sábanas con fuerza, las mías rodeando sus muslos y apretándola contra mí.
Cada gemido me provocaba un escalofrío, más altos, más rápidos, más agudos...
Hasta que el último gemido cortó el aire.
Su cuerpo cayó como si hubieran cortado las cuerdas a una marioneta sobre la cama, entre pequeños espasmos involuntarios. En su cara seguía el gesto del placer, era lo más bonito del mundo.
En mi lengua sabía a ella. Lamí un par de veces muy lentamente para recoger de ella todo lo que pude mientras miraba cómo se retorcía sobre el colchón.
Se había corrido en mi boca, en mi lengua.
Era mía.

lunes, 22 de octubre de 2012

Schadenfreude

Schadenfreude: Palabra alemana cuyo significado concreto es "alegría por el sufrimiento ajeno".

En los siguientes días me dediqué a buscar y espiar al hombre que intentó violarme.
Finalmente di con él. Hermann W. Faust. Efectivamente, un neonazi de tres al cuarto que vivía de aterrorizar y maltratar a los demás. Vivía solo en un cuchitril. Iba a ser más fácil de lo que pensaba.

20 de Noviembre, casa de H.W. Faust. 3:18 A.M.
Hermann se encontraba tirado en el suelo, con los tobillos y las muñecas atados y una tira de cinta americana en la boca. Las gotas de sudor le caían por la frente arrastrando toda la hombría que aparentaba. La única lámpara que había en su...casa, por llamarlo algo, le apuntaba directamente a la cara.

Cogí el radiocassette que tenía en el salón y metí mi cinta.


-¿Te gusta Chopin?

Él se dedicó a gemir como una niñita bajo la cinta americana.

-Oh, perdona, qué despiste. Soy un desastre.

Le arranqué de un tirón la cinta y con ella parte de la piel de la boca. Una herida superficial.

-¡PUTA!

Al parecer era lo único que sabía decir este animalito. Mientras me dirigía a por mis herramientas de trabajo seguí hablándole.

-Fíjate que cosas, Chopin era polaco. He oído que a tu querido Adolf le gustaba mucho Polonia, ¿no?
-¿Qué mierdas dices? ¡Estás chiflada!
-Shhhhhh, niño, esa boca. No haces más que decir palabras feas. Voy a tener que pegártela para que no digas esas cosas...

Cogí pegamento de contacto, el más fuerte que encontré en las tiendas, y se lo unté por la boca. Después le junté las mandíbulas y en 30 segundos ya estaba seco. O se aguantaba con la boca cerrada o se tendría que arrancar los labios para abrirla.

-Eres un auténtico chico malo, ¿eh? Con tatuajes y todo...pues siento decirte que no me gustan nada nada nada los chicos tatuados.

Cogí la navaja de Hermann de su bolsillo y corté la cuerda que le ataba las muñecas. En seguida intentó revolverse y pegarme, pero no contaba con el pequeño detalle de mi fuerza sobrehumana. Cuando estiró la mano izquierda para agarrarme del tobillo, se la pisé con todas mis fuerzas y noté como sus huesos se partían bajo la suela de mis botas. Sin poder abrir la boca, Hermann gritó.
Le cogí la mano derecha y vi de nuevo la cruz celta. Casi me dan náuseas.

Con la navaja, empecé a cortarle la piel tatuada como si estuviera cortando una loncha de mortadela. Sus gritos y pataleos se entremezclaban con el dulce sonido de las teclas del piano.

Cuando terminé, tiré la "loncha" de piel contra la pared. La sangre caía sin cesar por su muñeca y no despertó en mí más que asco. Tal vez os preguntéis por qué no le maté chupándole la sangre. No es por ser tiquismiquis, pero el hecho de pensar en la sangre de aquel descerebrado era para mí como para vosotros, mortales, pensar en una magdalena de estiércol.

Él, mientras tanto, seguía retorciéndose y gritando mientras las lágrimas le caían por las mejillas. Qué patético.

Saqué del bolsillo de mi chaqueta una jeringuilla con estricnina, un potente veneno que, en resumidas cuentas, hace que se te contraigan los músculos...hasta producir el fallo respiratorio o la muerte cerebral. Eso si no se te han roto antes un par de huesos por las fuertes convulsiones.

Con una sola mano le giré el cuello y le inyecté todo el contenido de la jeringuilla (tampoco es necesaria mucha cantidad) directamente en la yugular.

En seguida comenzaron las contracciones. Sus extremidades se movían sin orden y él seguía gritando con la boca cerrada. Y Chopin, mientras tanto, seguía sonando.

Me puse de rodillas sobre él mientras su cuerpo convulsionaba. Rasgué la camiseta blanca de tirantes que llevaba con la navaja y dejé su torso al descubierto. Con la punta de la navaja, empecé a cortar su piel dibujando una gran estrella de David. No soy judía ni pro-judaísmo, pero era divertido.

-Eh, eh, Hermann...deja de moverte, así no me va a salir bien el dibujo y te va a doler más.

Sus gritos tapaban casi el piano. Una pena.
En fin, una vez terminada la estrella tomé la navaja con las dos manos y las alcé.
Durante los últimos compases del nocturno, disfruté de la cara de sufrimiento de Hermann. Había conseguido despegarse un poco los labios y ahora los tenía en carne viva, mientras todo su cuerpo se contraía sin que él pudiera evitarlo.
Cuando sonaron las últimas notas, bajé los brazos con toda mi fuerza y hundí la navaja en el centro de la estrella.
El esternón se partió y la sangre me salpicó la cara. Los ojos de Hermann permanecieron unos segundos con la misma cara de gilipollas asustado hasta que se fueron apagando.

Al cabo de unos instantes, me levanté, me puse la chaqueta, me limpié con una mueca de asco la sangre de la cara, cogí mi cinta y me fui.

domingo, 21 de octubre de 2012

Schadenfreude (Introducción)

13 de Noviembre de 1972, Alemania Federal.
Volvía a casa después de cenar con unos amigos. Era una hora un poco intempestiva, ya era noche cerrada. Hacía mucho frío, el invierno había llegado antes de tiempo. Si hubiera tenido algún aliento que exhalar, habría formado vaho. Las calles estaban casi vacías. Una chica normal no se habría arriesgado a recorrerlas sola. Iba ausente, pensando en mis cosas, mirando las fachadas de las casas. Aún quedaba un trecho hasta llegar a la mía.
De repente, noté que alguien me agarraba del hombro por detrás. Me giré bruscamente.

-Oye, guapa, ¿qué haces sola a estas horas?
Un hombre de unos treinta años, con la cabeza rapada y la ceja partida era mi interlocutor. Era bastante alto y estaba musculado. Ojos azules y una nariz que se habría roto por lo menos tres veces, teniendo en cuenta la irregularidad del hueso.

-Evitar a babosos como tú.
Estaba cansada, quería irme a casa y no tenía tiempo para aguantar gilipolleces. Se puso serio y se encaró.

-Eh, eh, guarra, ¿quién te crees que eres para hablarme así?
Me fue acorralando contra un escaparate que había a nuestro lado.

-¿Guarra? Me enseñó tu madre, a mí no me preguntes.
Sí, tal vez me estaba pasando. ¿Pero qué mas daba? Podía cargármelo allí mismo si quería.
...
O no.
A lo lejos vi una panda de chavales parados en la esquina. Con testigos no podía hacer nada salvo que los matara a ellos también, pero cargarme a seis personas la misma noche era arriesgado. Podría escapar alguno.
Mierda.
Mientras tanto, el baboso parecía enfurecerse por momentos.

-¡Te vas a acordar de esto, zorra!

En pocos movimientos me dio la vuelta hasta quedar detrás de mí, me retorció los brazos por detrás de la espalda y me tapó la boca con una mano. Me empujó hasta un callejón sucio y sin salida que daba a la puerta trasera de un almacén mientras los chavales de la esquina miraban de reojo.
Me tiró al suelo de un empujón.

-¿Qué pasa, guarrilla? Te gusta ponérmelo difícil, ¿es eso? Me gusta, me gusta. Una putilla con carácter.

Empezó a desabrocharse la bragueta y se acercó a mí, que seguía de rodillas en el suelo, frente a él. Pude ver entonces que tenía una cruz celta (símbolo neonazi y fascista) tatuada en la muñeca.
Oh, perfecto. Además de gilipollas era neonazi, valga la redundancia.
Se acercaba a mí con una sonrisa absurda puesta en la cara, intentando cogerme del pelo y acercar mi cara a su...lo que fuera que tenía entre las piernas.
Cuando alargó la mano para tocarme, estiré la pierna izquierda con todas mis fuerzas y le hice una barrida. Cayó de espaldas al suelo como un tronco. Sería muy alto pero era más bien torpe.
Antes de que pudiera levantarse, le di una patada en el hígado y se dobló de dolor. Me arrodillé a su lado y apretándole el cuello con la mano derecha, le dije al oído:

-Tu sí que te vas a acordar de esto, zorra....

Le dejé tirado en el suelo y me fui a mi casa. Había soportado demasiadas gilipolleces por hoy. Pero ese hijo de puta no iba a irse de rositas.
Realmente se iba a acordar de esto.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Del susurro al grito

Eran los años cincuenta. Nueva York. Una auténtica delicia.
Al igual que ella.

Ella. Una tímida secretaria de las grandes oficinas neoyorquinas de puertas afuera, una femme fatale en la intimidad. Del mismo modo, nosotras intentábamos dar la imagen de simples compañeras de trabajo y amigas, pero hubo mucho más entre las paredes de su apartamento.

Aquella noche cenamos en su casa. Ella, como siempre, impecablemente vestida. Blusa granate de cuello redondo ceñida al cuerpo, y falda de tubo negra, también pegada a sus largas piernas. Las mejores curvas que se vieron por las calles de Nueva York en mucho tiempo.
Labios pintados de rojo, perfectos. Ojos negros, pelo castaño recogido discretamente.

Es cierto que la quería, pero era peligrosa. Calculadora, siempre conseguía lo que quería a cualquier precio. No se puede decir que fuera mala. Para ella no existía el bien o el mal, simplemente el "lo que a mí me gusta" y el "lo que no". Y por eso era peligrosa. No había fronteras, pasaba por encima de cualquiera si se lo proponía.

Durante toda la velada estuvo lanzando esa mirada que sólo ponía cuando tramaba algo. Intentaba engatusarme. No quería lo de otras noches, tenía algo entre manos.
Tampoco dejó de soltar indirectas de vez en cuando, morderse durante unos instantes el labio o hablar casi entre susurros mientras sonreía ligeramente de lado.

Era evidente que quería algo, y lo peor es que fuera lo que fuera, estaba funcionando. Era imposible resistirse.

Cuando terminamos de cenar la conversación fue subiendo de tono. Con apenas dos frases ya había invadido más que de sobra mi espacio personal sobre el sofá blanco del salón.

Estaba especialmente lanzada, tramaba algo muy gordo, seguro, pero yo no podía pensar en ese momento.

Me quitó la falda y desabrochó mi camisa casi con agresividad. Su pintalabios había ido dejando huellas desde mi boca hasta mi ombligo. Yo, hipnotizada, en ropa interior y con la camisa a medio quitar, observé cómo ella, sin dejar de mirarme con ojos de gata, se desnudaba para mí.

Yo seguía paralizada, inmóvil del todo. Ella tenía el control de la situación. Se inclinó sobre mí y me besó sin parar. Sus manos me recorrieron todo el cuerpo sin prisas, adaptándose a cada forma de mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar.
Acercó su boca a mi oído, podía notar su respiración entre mi pelo.

-Sé que eres vampira.

El tiempo se paró en ese momento. Abrí los ojos, me quedé rígida. 
"Mierda. Mierda, no. ¡JODER, NO!", pensé.

-¿Pero qué? -Dije.

-Shhhh...Hagamos un trato. Yo no se lo digo a nadie, y tú me das la mitad de tu dinero.

-¿Qué? ¿Dinero? ¿Por qué?

-Todo el mundo quiere dinero, y sé que lo tienes. Una vampira con tantos años tiene que tener sus ahorrillos.- No dejó de sonreír en toda la conversación. Eso le divertía, se sentía la dueña de todo.

Pero iba a serlo por poco tiempo.

-Vale, trato hecho- Dije con la mejor de mis falsas sonrisas. Yo también sabía jugar a ese juego.

Al principio pareció decepcionada, supongo que quería jugar más rato y no se esperaba que se lo pusiera tan fácil.
Aproveché el momento de debilidad para empujarla y ponerme sobre ella. Estaba francamente desconcertada.

Le acaricié la cara interna de los muslos mientras la miraba observando sus reacciones. Mi mano se acercaba cada vez más, pero nunca llegaba a tocarla donde ella quería. Me encantó ver la rabia y la impotencia en sus ojos.
Finalmente introduje los dedos dentro de la tela de encaje. Muy despacio, muy despacio... ella había perdido todo el control y estaba indefensa.
Mis dedos jugaron con ella durante unos minutos. Su cuerpo comenzó a reaccionar solo, se rindió ante mí.
Sus jadeos se hicieron poco a poco más intensos, me incliné hasta estar justo frente a ella, hasta ver claramente cómo se mordía el labio con el pintalabios corrido, hasta notar su aliento en mi cara, hasta poder ver los músculos de su cuello trabajar con cada respiración.
Mis dedos seguían moviéndose, y cada caricia era una derrota para ella.

Cuando estaba a punto de llegar al clímax, me acerqué a su oreja derecha.

-Te va a doler un poquito.

No pudo responder, elevó las caderas y gimió...por poco tiempo.
Cuando su cuerpo se elevó un poco, clavé los colmillos en su yugular.
En un perfecto antagonismo, el gemido de placer se volvió un desgarrado grito de dolor.

Su sangre, dulce y amarga, como ella, llenó mi boca y resbaló por su cuello, manchando el blanco sofá.
Mis ojos ardían, como cada vez que mordía a alguien.
Su cuerpo se retorcía entre la marcha del orgasmo y la llegada del ardor.
No tenía otra opción, tenía que matarla.

Chupé toda su sangre sin dejar de mirar por el rabillo del ojo cómo se desvanecía. Estoy segura de que le importó más no tener el control y conseguir lo que quería que el hecho de morir en sí mismo.

Me clavó las uñas en la espalda con todas sus fuerzas antes de irse.
Incluso así, seguía siendo una de las mujeres más preciosas que había visto nunca.

-Una cena deliciosa.- Le dije al oído por última vez.

viernes, 17 de agosto de 2012

Mi nacimiento (Parte III-Final)

Cogí mis joyas y las guardé en una bolsita de tela con mis iniciales bordadas; M. A. R. (Mary-Adair Ross). Mi amiga guardó mi dinero en un bolsillo de su delantal y por último tomé la novela de Frankenstein para después salir de mi habitación. Eran las diez de la noche.
Antes de poner la mano por última vez en el pomo de la entrada a la mansión, asomé la cabeza por la puerta de la sala de estar y dije con voz zalamera:

-Querido, necesito tomar el aire, el corsé me está asfixiando. Saldré un rato al jardín.

Él, con absoluta indiferencia y sin despegar la mirada del periódico se limitó a contestar:
-¿Hace falta que vaya yo?

-No, querido, ya viene Less conmigo.

Él arrugó la nariz y emitió un extraño gruñido que yo interpreté como un "pues que os vaya bien". Lo de preocuparse por los demás no debía de entrar en sus lecciones de infancia. En apenas unos segundos parecía haber olvidado toda la conversación anterior y continuó cumpliendo con sus funciones vitales igual que si yo no existiera.

Less abrió la puerta y me miró a los ojos como preguntando por última vez si estaba segura. Yo respondí atravesando la entrada sin mirar atrás y con paso decidido. Me resultó penoso lo fácil que fue dejar a mi marido y a mi casa para siempre. Supongo que en lo más profundo de mi ser, una Adair orgullosa esperaba preocupación, fuera fingida o verdadera, por parte de mi "querido esposo" y del resto del servicio, que aunque merodeaba por allí, parecía indiferente a la escena.

De todos modos, ya estaba hecho. Me propuse no mirar atrás en todo el trayecto hasta la oscuridad del bosque, y así lo hice. Sorprendentemente, los nervios se habían transformado en una extraña seguridad en mí misma. Una vez sumidas en la negrura, me di cuenta de lo que estaba haciendo y de repente una punzada de inquietud sacudió mi estómago. Seguía estando segura de mi decisión, pero acababa de ser totalmente consciente de lo que suponía aquello.

-Señora, aquí será suficiente.
Paré en seco y me giré para mirarla.

-Tu dirás, Less.

-Siéntese aquí, señora. - Se quitó el delantal y lo extendió sobre la hierba. Me coloqué donde indicó y ella se sentó frente a mí. Instintivamente nos dimos las manos y nos miramos a los ojos. Se me hacía raro comprobar que pese a la sed de Tess y a que en cualquier momento podría matarme, en aquel momento su mirada seguía siendo de pena y preocupación. Apretó los labios y miró hacia abajo.

-¿Lo has hecho mas veces, Less? ¿Has convertido a alguien?
-No, señora.
-Pero...antes me dijiste que sí que habías mordido a humanos.
-Y así es, señora. Pero no les he convertido. Cuando...cuando muerdes a alguien y bebes toda su sangre, no se convierte en vampiro. Eso sólo ocurre si dejas la sangre suficiente.
-...Oh. Entiendo.
-No sé hasta que punto podré controlarme. En la teoría, conozco perfectamente la forma de convertir en vampiro a un humano, pero la práctica es distinta. Estamos a tiempo de volver a casa si...
-No.
-...
-Confío en ti. Tómate tu tiempo y hazlo como puedas, yo me limitaré a obedecer tus órdenes y aguantar tus acciones.
-Señora, si algo... si algo sale mal yo no...
-He dicho que confío en ti.

Apretamos las manos y tras unos minutos de absoluto silencio, finalmente Less habló.

-Estoy lista, señora. ¿Lo está usted?
-Sí, Less.
-No voy a dejar que nada malo le ocurra.
-...Less. Deja de tratarme de usted, somos amigas, y ya que ninguna de las dos va a volver a casa, no tienes que actuar como mi criada.

Por debajo de sus húmedos ojos pude apreciar cómo se extendía su sonrisa. Era sincera. Era mi amiga.
-Allá voy, Adair.

Empujó levemente sus manos contra las mías y yo me tumbé en el suelo. Ella, arrodillada a mi lado, puso la mano en mi mandíbula y giró mi cabeza a la derecha, dejando mi cuello al descubierto. Colocó sus manos en mis hombros suavemente y se inclinó hasta quedar su boca junto a mi cuello.
La noté vacilar unos instantes y le dije, una vez más, en voz baja:

-Confío en ti.

Y entonces Less apretó mis hombros contra el suelo y hundió sus dientes en mi cuello, justo en la yugular.

Mi garganta intentó en vano emitir un grito. La sangre que comenzó a brotar casi no cayó de mi cuello porque iba directamente a la boca de Less. A pesar de eso, notaba cómo algunas gotas resbalaban hasta alcanzar mi nuca. Las notaba porque ardían en mi piel, que cada vez estaba más fría.

Mis manos agarraron con fuerza las telas de la falda de Less de una manera que yo no pude controlar. El interior de mi cuerpo ardía. Con cada latido, notaba el corazón más fatigado, más pesado. No perdí la consciencia en ningún momento. De hecho, a cada segundo que pasaba, iba notando más nítidamente cómo mi cuerpo se vaciaba de sangre, cómo me desvanecía. El dolor era insoportable, pero mi sistema nervioso estaba colapsado y no pude emitir ninguna respuesta ante él.

Por momentos, pensé que Less no podría contenerse. Seguía succionando mi esencia vital, sin pausa.
Cuando sentía que quedaba poco para la muerte, Less empezó a apretar más y más las manos, de manera que me hubiera podido romper los hombros como si fueran hechos de tiza en vez de hueso.

Y de repente, se apartó de mí, jadeando, con mirada de horror y la boca goteando aún mi sangre. Con la mano izquerda se tapó la boca y la nariz, supuse entonces que para evitar oler mi sangre de nuevo y despertar su sed otra vez.

El ardor de mi cuerpo se concentró en mi cabeza y mi pecho. Sentía el iris de mis ojos como si hubiera lava roja en ellos. Y entonces...cerré los ojos, y mi parte humana murió. El dolor cesó de repente. Yo seguía tumbada en la hierba, intentando respirar por instinto un aire que ya no necesitaba.

Less me tomó la mano.

-¿Estás bien, Adair? ¿Estás bien? ¿Me oyes?
-Sí.
Me sorprendió el propio sonido de mi voz. El timbre era el mismo, pero parecía más...claro. Mi voz sonaba más limpia.

-Ya está, ya ha pasado lo más duro. Ya eres vampira, Adair.
Parecía que no terminé de creerlo hasta que lo oí en boca de Less. Era...era una vampira. Me sentía fuerte, rápida, nueva, indestructible. Una sensación inimaginable para un humano.
La frágil Adair, la sumisa Adair...ahora era la vampira Adair. Me gustaba. Sonreí y miré la boca de Less, que también sonreía.
Pero eso no era lo que llamaba mi atención.
El ver mi sangre escurriendo por las comisuras de sus labios hasta su cuello despertó mi sed. No era algo que yo controlase. Simplemente sentí la boca seca, quería sangre... ansiaba sangre.

Less notó lo que me ocurría y un atisbo de ternura pasó por delante de sus ojos. Acariciando suavemente mi mejilla, se inclinó hasta dejar su cara frente a la mía y me besó suavemente. Bueno, ahora no sé si fue exactamente un beso o una forma de darme el desayuno.
Simplemente posó sus labios en los míos y dejó escapar un poco de sangre desde su boca hasta la mía.

El sabor metálico de mi propia sangre hizo saltar una chispa en mí. Era lo único que faltaba para terminar el proceso.

Definitivamente sí, era una vampira.

jueves, 16 de agosto de 2012

Mi nacimiento (Parte II)

Por unos instantes dejé de respirar. Aunque mi piel siempre ha sido más bien pálida, en aquel momento debió de volverse casi translúcida. Mis manos se agarrotaron agarrando la tela de mis faldas y no me salía la voz. Mi cara debía de ser de auténtico horror, porque la mirada de la chica...bueno, la vampiro, se tiñó de repente de preocupación y pena.

-Señora, por favor- Se acercó a mí, con pasos cortos, como intentando que yo no huyera o me pusiera a dar gritos. Se arrodilló delante de mí hasta que mi mirada perdida se topó con la suya. -Por favor, señora, no tenga miedo, no voy a hacerle nada.

-No...no tengo miedo. Son demasiadas emociones de una sola vez, eso es todo.

-¿No me cree?

-Sí...supongo. Nunca he descartado del todo las cosas..."mágicas". Supongo que es lo único a lo que me queda aferrarme.

-Déjeme explicar mejor en que consiste ser un vampiro realmente, señora. No quiero que piense que soy una asesina despiadada o que quiero hacerle daño. Las leyendas no hacen justicia del todo.

Habló durante un rato de su transformación, de la sensación de sed, de su alimentación, del transcurso del tiempo, de los efectos que tenía la transformación sobre el cuerpo y la mente...mientras me contaba anécdotas de su historia como vampira, le interrumpí.

-Transfórmame.

Ella miró horrorizada y al mismo tiempo una chispa de curiosidad saltó en sus pupilas.
-¿Pero qué dice, señora? ¿Sabe lo que supone eso?

-Quiero que me transformes. Oyendo tu historia has despertado en mí una profunda envidia.

-Señora, si la transformo, sería el fin de su vida. Tendría que dejar todos estos lujos atrás, toda su vida, su familia, toda la gente que conoce, todos los...

-Eso es lo que pretendo. Sabes que lo que más odio de mí misma son mis apellidos, porque me atan a una familia que odio. Tengo un marido viejo y egoísta, apenas puedo salir de casa porque no es mi función en este sistema. Los lujos me son indiferentes y no tengo más amigos que tú. Muérdeme, por favor. Conviérteme y huiremos juntas de aquí. Me llevaré mi dinero y mis joyas y empezaremos juntas una nueva vida, o si quieres te daré tu parte y seguirás sola tu camino y...

-Señora, espere. Puede que la emoción esté hablando por usted. Piénselo bien.

-No hay nada que pensar, quiero vivir la vida.

-Eso no es vida, señora. Y tampoco muerte. Es como un infinito estado de duermevela. Es eterno, y a menudo doloroso. Te condena a ver morir a cuantos mortales conozcas, a no poder tener hijos de tu propio vientre y a reprimir tus instintos constantemente para no herir a quien quieres.

-Lo que tengo ahora tampoco es vida. Y tú mejor que nadie lo sabes. ¿Cuántas veces me has secado las lágrimas en los últimos años?

Bajó la mirada y su tono se volvió sereno y frío. En su cara se veía la desaprobación de todo aquello, pero la decisión estaba tomada. Además, tanto ella como yo sabíamos que las dos obtendríamos lo que queríamos. Ella quería sangre, y yo quería escapar de todo aquello.
-...De acuerdo pues. Si así lo ordena, mi trabajo es atender sus necesidades. Esta noche cogerá sus cosas, iremos al jardín alegando que tiene que tomar el aire, nos escabulliremos entre la oscuridad hacia el bosque y procederé a transformarla.

Nos dimos un abrazo y esperé hasta la noche con inquietud. En diecinueve años nunca me había sentido tan viva, y en apenas unas horas iba a dejar de estarlo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Mi nacimiento (Parte I)

Hola de nuevo.
Las noches de agosto se me antojan tremendamente largas e insoportables. Mi naturaleza vampira no tolera muy bien el calor. Aun así, no se me hacen tan eternas como ha sido y es mi "vida".
Estos días he observado el contador de visitas aumentar. He supuesto que teníais ganas de leer algo, así que me dispongo a narrar ahora mi nacimiento.
Por nacimiento quiero decir "el día en que nací como lo que soy ahora, como vampira". Contaros cómo me dio a luz mi madre sería un tanto desagradable a la par que imposible para mí.

Yo tenía entonces diecinueve años. Tal vez ahora os parezca una edad muy pronta para la vida que llevaba y lo que me sucedió. Pero habéis de saber que tenía diecinueve años...en el año 1818. La vida era muy distinta. Una chica de diecinueve años de ahora está empezando sus estudios universitarios. En 1818 rara era la mujercita de diecisiete que no estaba ya casada.
Yo lo estaba, claro. Con un hombre gordo, rico y mayor para mí. Mis padres arreglaron mi matrimonio cuando apenas tenía tres años. Afortunadamente para mí, no me había dado tiempo a "darle hijos" a tal engendro cuando tuve que dejar mi vida.

Corría el 17 de Marzo de 1818 en Glasgow (Sí, yo soy escocesa en realidad. En 213 años siendo vampira he tenido tiempo para aprender idiomas). Yo vivía en la mansión de mi "querido esposo". Ambas familias, la suya y la mía, disfrutaban de sendas fortunas, historia y reputación (la cual me encargué de tirar por los suelos, pero eso ya lo contaré en otra ocasión). Yo me encontraba en mi habitación, sentada delante del tocador, leyendo la por aquel entonces recién estrenada novela de Mary Wollstonecraft (Shelley), Frankenstein.
Mi doncella estaba detrás de mí, desenredándome el cabello y alabando en exceso, como siempre, la suavidad, color y largura del mismo. Al fin y al cabo ese era su trabajo, y lo hacía bien.

Ahora puedo asegurar que ella fue la única amiga que tuve en vida. Nos contábamos nuestras penas, nuestros secretos, nuestras aventuras...en muchas ocasiones la amistad se volvió amor, pero un amor de naturaleza sincera y muy pocas veces pasional.

Ella era de una belleza inquietante. Tenía los rasgos de una femme fatale, pero escondidos entre gestos de criatura inocente. El pelo negro siempre escrupulosamente recogido, los ojos oscuros y almendrados, la piel blanca y con aspecto de delicada, de porcelana. No encajaba en el uniforme blanco y negro que estaba obligada a llevar.

Todos los días me ayudaba a ponerme el corsé después de ordenar la habitación.
Pero aquel día, como es de esperar, no fue un día cualquiera. Ella estaba particularmente activa. Me hacía reír. Le pregunté qué le pasaba.
-No es nada, no se preocupe. Es sólo que tengo sed.
-¿Sed? ¿Eso te hace estar activa? No dejas de sorprenderme. Puedes ir a por un vaso de agua, si quieres.
-No...no esa clase de sed.
Comenzó a reírse para sí misma y a danzar de un lado a otro de la habitación mientras hacía sus labores. Yo sonreí y volví a bajar la mirada hacia las hojas de mi libro esperando que ella terminase para que me pusiera el corsé.
-¿Puedo preguntar de qué trata ese libro, señora?
-De un monstruo incomprendido y apartado por su condición. Es tan bonito pero triste a la vez...
-Ah, ¿le interesan los monstruos? Qué casualidad más hermosa.
-Pero, ¿de qué hablas? Hoy no hay quien te entienda.
-Señora, usted ha escuchado muchas veces mis confesiones y mis secretos, ¿no es así? Tal vez hoy pueda contarle mi secreto más importante.

Cerré el libro, y me giré en el asiento para escucharla.
-Señora, antes de que le cuente el secreto, me gustaría que en su cabeza prevaleciera el recuerdo de mí que se ha ido forjando estos años. No quisiera que por confesarme cambiase su percepción de mí.

Asentí con la cabeza un poco titubeante. La situación me estaba desconcertando un poco.
Su mirada se endureció y por un momento daba miedo, pues el contraste con su cara y con la personalidad que yo conocía hasta entonces era tan fuerte que resultaba macabro.

-Gracias, señora. Seré breve pues. Lo cierto es que...que yo soy también un monstruo. Un monstruo peligroso, una criatura endemoniada y asesina, el mal personificado, se supone. En mí quedan encarnados los siete pecados capitales según las viejas historias. Seduzco humanos y los devoro. Pero eso, claro, es sólo sobre el papel. En realidad este asunto es mucho más complejo.

Sentí cómo mi piel palidecía por momentos y mi gesto se petrificaba.
-Eres...

-Sí, señora. Soy un vampiro. Una mujer vampiro.

lunes, 6 de agosto de 2012

AB positivo (Parte II- Final)

Y así continuamos hasta que mi corazón volvió a su ritmo normal. Con aquella mujer, entonces aún una adolescente, fueron los mejores besos que recuerdo.

¿Sabes? Una de las cosas por las que me gustan más las mujeres es porque son más delicadas. Tienen la piel más suave, los rasgos más finos, las pestañas largas. Y por cómo se humedecen los labios, cómo se sonrojan...

Recuerdo que mis dedos se sabían su piel de memoria, la forma de su cuerpo y sus respuestas ante mis caricias. Pero nunca me cansaba  de tocarla.
Mis manos apretaron su cuerpo contra el mío y jugaron entre su pelo. La quería para mí. Entera para mí. En ese mismo momento, en mi cama, en mi casa. Quería llevarla hasta las nubes, quería devolverle el regalo.

Ni sé cuántas vueltas dimos sobre las sábanas. Solo sé que yo terminé sobre ella, me separé de su cara, apoyé las manos en el colchón a ambos lados de su cabeza y la miré unos segundos. Nos sonreímos. Le susurré un "te quiero" al oído, y con besos muy suaves seguí la línea de su mandíbula desde la oreja hasta la barbilla. Seguí bajando por su cuello, pasé la lengua por el punto en el que se juntaban sus clavículas y recorrí con ella su esternón. Hasta el sabor de su piel era dulce.
Besé sus pechos y jugué en ellos con mi boca. Ella suspiraba y entrecerraba los ojos. No pudo ver el escalofrío que me dio cuando la vi pasear lentamente su lengua por sus labios para humedecerlos. En la parte inferior de su lengua aún quedaba un poco de sangre.
Seguí la deliciosa travesía por su cuerpo disfrutando de cada centímetro como si fuera la ambrosía de los dioses del Olimpo. Para mí lo era.
Su cuerpo se arqueaba al tiempo que mi boca iba bajando más y más. Le quité los pantalones y la ropa interior con parsimonia. Me puse de rodillas y separé sus piernas, dejándolas dobladas a mis lados. Con la punta de la lengua empecé a dibujar una línea recta desde su rodilla derecha hasta la pelvis, por la cara interna del muslo. Le temblaba el cuerpo ligeramente, me deseaba.
Despacio, muy despacio, como si no quisiera que me notase aún, recorrí su sexo con la lengua, de abajo a arriba. Se estremeció y durante unos segundos dejó de respirar.
Repetí el proceso, un poco más rápido. Cada vez bajaba un poco menos, cada vez aumentaba un poco la velocidad, pero muy poco cada vez. Me acomodé en el colchón, y pasé los brazos por debajo de sus muslos, rodeándolos, evitando que ella cerrase las piernas.
No podía dejar de mirarla, era como si fuera a salirse de su cuerpo. Dejaba caer la cabeza, los rizos se esparcían por la almohada, entreabría la boca sin poder emitir más sonido que el de los suspiros que le estaba provocando. Su pecho subía y bajaba cada vez con mayor frecuencia, el movimiento de su cadera dibujaba pequeñas olas en mis sábanas. Quité mi mano derecha de su muslo y busqué la suya en el colchón. Entrelazamos los dedos, estaba llegando, la estaba haciendo llegar.
Las piernas le temblaban, su respiración tenía un ritmo totalmente irregular, los suspiros cada vez eran más fuertes, yo cada vez iba más rápido, su cuerpo buscaba mi boca y mi boca la buscaba a ella. Mi cuerpo se tensó, no podía más con el deseo...
...Y entonces la vi correrse...
La vi morderse el labio, vi otra gota de sangre impregnando su boca, vi como apretaba los párpados, sentí como subió la cadera...sentí su escalofrío en mi lengua.
Era mía...mía. La tuve en la boca, era mía.
Subí a su boca, y a pesar de que ella seguía teniendo los ojos cerrados y la respiración demasiado rápida, la besé. Entre beso y beso su respiración, aún agitada, se escapaba entre nuestras bocas.
Me atrajo hacia ella con las manos colocadas en mi espalda, con fuerza. De repente sentí como clavaba sus uñas (aunque eran cortas) en mi piel y bajaba unos 20 cm haciéndome un arañazo no muy profundo. Se me escapó un pequeño grito, pero he de reconocer que me gustó.
Su cuerpo no paraba de temblar. Y yo no paré de besarla.
No paré en toda la noche.

AB positivo (Parte I)

Siempre me ha gustado más la sangre de las féminas. Es más dulce. Al igual que su piel. Y no son tan agresivas como los hombres cuando se las muerde.
Un día tuve el gusto de degustar a una mujer cuya sangre era AB +. Deliciosa, por cierto, aunque eso no depende del grupo. Antes de que descubriera mi naturaleza, fue una gran amiga. En las cartas que me escribía (pese a vivir en plena era tecnológica) contaba sus pasiones y sus historias de amor.
A ella, por cierto, también le gustaba más la sangre de las mujeres.

Esta fue una de sus historias, recuerdo de su adolescencia:

Sonó el timbre, y yo ya sabía quién era. Cuando abrí la puerta, ahí estaba ella, con mirada inocente. Qué bien ponía esa mirada. Ah, ¡si tú supieras qué escondía bajo esa cara de niña!
Recuerdo que mi casa estaba vacía. Mis padres se habían ido de viaje y yo decidí invitarla. Ambas sabíamos perfectamente lo que íbamos a hacer, porque rara era la vez que malgastábamos una oportunidad tan buena como esta. Aun así no me esperaba que fuera ella quien se lanzase tan rápido.
Casi sin mediar palabra, me cogió de la mano y atravesamos juntas la casa hasta llegar a mi habitación. Me soltó en la cama. Me tumbé como acatando una orden que ella ni siquiera había dado. Era la primera vez que la veía así, y la idea no me desagradaba.
Rápidamente se colocó encima de mí, con una pierna a cada lado de mi cuerpo y las rodillas hincadas en el colchón. Tenía mirada felina.
Me cogió una muñeca con cada mano y las apretó fuerte contra el colchón. Comenzó a besarme sin piedad, despacio, pero no dulce. No, más bien picante, salada, amarga en las milésimas en las que despegaba su boca de mí.  Me había inmovilizado totalmente, se estaba llevando el control de la situación a cada segundo que pasaba. Ella estaba jugando a su juego favorito, y yo era el juguete.
Mientras su boca bajaba por mi cuello, cerré los ojos y mi cuerpo se relajó, momento que ella aprovechó para morderme en el cuello. No muy fuerte, pero sí lo suficiente como para que un escalofrío me recorriese por completo y se me escapase de la boca un gemido, justo al lado de su oreja. No me di cuenta hasta entonces de que mi cuerpo se retorcía de gusto buscando encontrarse con el suyo. Me estaba provocando demasiado, me ardía el pecho.
En cuanto ella bajó la guardia conseguí darle la vuelta a la situación. Con un pequeño empujón le hice quedar debajo de mí. Estaba ciega de deseo. Mi cuerpo se movía sin que el cerebro procesase las órdenes.
Le quité la camiseta, me la quité yo, y me tumbé sobre ella. Piel contra piel, las dos ardíamos. Nos besábamos con fuerza, como intentando robarnos las bocas la una a la otra. En un momento le mordí el labio inferior, tal vez demasiado fuerte.
Comenzó a hincharse levemente y en seguida brotó la sangre. Para entonces yo estaba hipnotizada mirando cómo salía la primera gota. Instintivamente, lamí la herida con la punta de la lengua.
Si supieras lo que sentí al hacerlo...sé que es raro, pero me encantó. Era espesa, estaba caliente, sabía a óxido y a sal. Era...su esencia. Todo lo que era ella biológicamente hablando estaba su sangre. Y ahora su sangre estaba en mi boca. Era mía, sólo mía.
No podía parar de besarla, de llevarme ese elixir rojo, y mi deseo no paraba de crecer. No había un solo hueco entre nuestros cuerpos.
Me echó a un lado y quedamos las dos tumbadas en el colchón, la una junto a la otra. Ella giró su cuerpo y se inclinó hacia mí sin ponerse del todo encima. Su mano derecha comenzó a jugar por mi cuerpo. A acariciarme, a recorrerme. Cuando las yemas de sus dedos llegaron al borde de mi pantalón me estremecí. En todo el proceso no paró de besarme un solo momento.
Metió suavemente los dedos por dentro de mi ropa interior y comenzó a acariciarme. Me tocaba en con el ritmo perfecto, el movimiento justo y en el punto exacto. Mi cuerpo respondía a cada uno de sus movimientos y yo no podía ni quería hacer nada para evitarlo. Tras ella, me atrevo a decir que nunca nadie me volvió a hacer sentir así.
Y su labio, por supuesto, seguía sangrando.
Se separó momentáneamente de mi boca y una gotita de sangre resbaló hasta caer en la mía. Los suspiros se resbalaban entre mis labios, entre sus rizos, delante de sus ojos...
Poco le quedaba a mi cuerpo para llegar a la cima. Y ella lo notó. Sacó la mano de mi ropa interior y se separó de mí. Yo no pude reaccionar, apenas me dio tiempo y ella ya estaba besando mi piel. Desde el pecho hasta el ombligo, sus rizos resbalaban por mi cintura. Una vez allí, me quitó el pantalón y se deshizo de mis bragas. Cuando me abrió las piernas me sonrió, y entre respiraciones entrecortadas y escalofríos pude ver que su labio seguía sangrando.
Siguió con la lengua lo que había empezado con la mano. Caliente, húmeda, perfecta. Perdí el control sobre mí misma por completo. Me agarré fuerte a las sábanas, el placer que sentía iba agolpándose en mi cuerpo buscando una salida. Mi respiración se aceleró mucho, eché la cabeza hacia atrás y levanté las caderas, dejando salir el orgasmo en forma de gemido por mi boca.
Aún con pequeñas sacudidas, ella me sonrió y se abrió paso hasta mi boca. Mi cuerpo se relajó poco a poco sobre las sábanas ligeramente húmedas. Ella me besó dulcemente. Sabía a mí, y a su sangre. Una mezcla perfecta.

Bienvenido.

Seas quien seas, si has venido a parar aquí eres digno de interés. Al menos del mío.
¿Que quién soy yo?
Lo pone en el título. Soy la chica vampira. No preguntes más, porque no contestaré. No obstante, eres libre de investigar. Y yo soy libre de morderte el cuello. Es un buen trato ¿no crees?
¿Cuál es mi propósito?
Entretener. Simplemente eso. Soy una humilde narradora, una cuentacuentos. La vida de vampira es tremendamente larga (eterna, de hecho), y necesito contarle a alguien mis memorias de vez en cuando. Como vampira que soy, no esperéis paisajes cotidianos, ni cuentos infantiles. He visto muchas cosas y he saboreado otras tantas. Habrá sangre, dolor, placer, sexo, amor...y no me andaré con medias tintas.
Es lo que hay, quien avisa no es traidor.
En cualquier caso, espero que lo disfrutes. Y lo siento si te ha intimidado esta presentación. No era en absoluto la intención de esta humilde criatura.

Siempre vuestra, la chica vampira.