Hola de nuevo.
Las noches de agosto se me antojan tremendamente largas e insoportables. Mi naturaleza vampira no tolera muy bien el calor. Aun así, no se me hacen tan eternas como ha sido y es mi "vida".
Estos días he observado el contador de visitas aumentar. He supuesto que teníais ganas de leer algo, así que me dispongo a narrar ahora mi nacimiento.
Por nacimiento quiero decir "el día en que nací como lo que soy ahora, como vampira". Contaros cómo me dio a luz mi madre sería un tanto desagradable a la par que imposible para mí.
Yo tenía entonces diecinueve años. Tal vez ahora os parezca una edad muy pronta para la vida que llevaba y lo que me sucedió. Pero habéis de saber que tenía diecinueve años...en el año 1818. La vida era muy distinta. Una chica de diecinueve años de ahora está empezando sus estudios universitarios. En 1818 rara era la mujercita de diecisiete que no estaba ya casada.
Yo lo estaba, claro. Con un hombre gordo, rico y mayor para mí. Mis padres arreglaron mi matrimonio cuando apenas tenía tres años. Afortunadamente para mí, no me había dado tiempo a "darle hijos" a tal engendro cuando tuve que dejar mi vida.
Corría el 17 de Marzo de 1818 en Glasgow (Sí, yo soy escocesa en realidad. En 213 años siendo vampira he tenido tiempo para aprender idiomas). Yo vivía en la mansión de mi "querido esposo". Ambas familias, la suya y la mía, disfrutaban de sendas fortunas, historia y reputación (la cual me encargué de tirar por los suelos, pero eso ya lo contaré en otra ocasión). Yo me encontraba en mi habitación, sentada delante del tocador, leyendo la por aquel entonces recién estrenada novela de Mary Wollstonecraft (Shelley), Frankenstein.
Mi doncella estaba detrás de mí, desenredándome el cabello y alabando en exceso, como siempre, la suavidad, color y largura del mismo. Al fin y al cabo ese era su trabajo, y lo hacía bien.
Ahora puedo asegurar que ella fue la única amiga que tuve en vida. Nos contábamos nuestras penas, nuestros secretos, nuestras aventuras...en muchas ocasiones la amistad se volvió amor, pero un amor de naturaleza sincera y muy pocas veces pasional.
Ella era de una belleza inquietante. Tenía los rasgos de una femme fatale, pero escondidos entre gestos de criatura inocente. El pelo negro siempre escrupulosamente recogido, los ojos oscuros y almendrados, la piel blanca y con aspecto de delicada, de porcelana. No encajaba en el uniforme blanco y negro que estaba obligada a llevar.
Todos los días me ayudaba a ponerme el corsé después de ordenar la habitación.
Pero aquel día, como es de esperar, no fue un día cualquiera. Ella estaba particularmente activa. Me hacía reír. Le pregunté qué le pasaba.
-No es nada, no se preocupe. Es sólo que tengo sed.
-¿Sed? ¿Eso te hace estar activa? No dejas de sorprenderme. Puedes ir a por un vaso de agua, si quieres.
-No...no esa clase de sed.
Comenzó a reírse para sí misma y a danzar de un lado a otro de la habitación mientras hacía sus labores. Yo sonreí y volví a bajar la mirada hacia las hojas de mi libro esperando que ella terminase para que me pusiera el corsé.
-¿Puedo preguntar de qué trata ese libro, señora?
-De un monstruo incomprendido y apartado por su condición. Es tan bonito pero triste a la vez...
-Ah, ¿le interesan los monstruos? Qué casualidad más hermosa.
-Pero, ¿de qué hablas? Hoy no hay quien te entienda.
-Señora, usted ha escuchado muchas veces mis confesiones y mis secretos, ¿no es así? Tal vez hoy pueda contarle mi secreto más importante.
Cerré el libro, y me giré en el asiento para escucharla.
-Señora, antes de que le cuente el secreto, me gustaría que en su cabeza prevaleciera el recuerdo de mí que se ha ido forjando estos años. No quisiera que por confesarme cambiase su percepción de mí.
Asentí con la cabeza un poco titubeante. La situación me estaba desconcertando un poco.
Su mirada se endureció y por un momento daba miedo, pues el contraste con su cara y con la personalidad que yo conocía hasta entonces era tan fuerte que resultaba macabro.
-Gracias, señora. Seré breve pues. Lo cierto es que...que yo soy también un monstruo. Un monstruo peligroso, una criatura endemoniada y asesina, el mal personificado, se supone. En mí quedan encarnados los siete pecados capitales según las viejas historias. Seduzco humanos y los devoro. Pero eso, claro, es sólo sobre el papel. En realidad este asunto es mucho más complejo.
Sentí cómo mi piel palidecía por momentos y mi gesto se petrificaba.
-Eres...
-Sí, señora. Soy un vampiro. Una mujer vampiro.
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Venga, di algo, que no muerdo. Bueno, a lo mejor sí, pero flojito.