lunes, 6 de agosto de 2012

AB positivo (Parte I)

Siempre me ha gustado más la sangre de las féminas. Es más dulce. Al igual que su piel. Y no son tan agresivas como los hombres cuando se las muerde.
Un día tuve el gusto de degustar a una mujer cuya sangre era AB +. Deliciosa, por cierto, aunque eso no depende del grupo. Antes de que descubriera mi naturaleza, fue una gran amiga. En las cartas que me escribía (pese a vivir en plena era tecnológica) contaba sus pasiones y sus historias de amor.
A ella, por cierto, también le gustaba más la sangre de las mujeres.

Esta fue una de sus historias, recuerdo de su adolescencia:

Sonó el timbre, y yo ya sabía quién era. Cuando abrí la puerta, ahí estaba ella, con mirada inocente. Qué bien ponía esa mirada. Ah, ¡si tú supieras qué escondía bajo esa cara de niña!
Recuerdo que mi casa estaba vacía. Mis padres se habían ido de viaje y yo decidí invitarla. Ambas sabíamos perfectamente lo que íbamos a hacer, porque rara era la vez que malgastábamos una oportunidad tan buena como esta. Aun así no me esperaba que fuera ella quien se lanzase tan rápido.
Casi sin mediar palabra, me cogió de la mano y atravesamos juntas la casa hasta llegar a mi habitación. Me soltó en la cama. Me tumbé como acatando una orden que ella ni siquiera había dado. Era la primera vez que la veía así, y la idea no me desagradaba.
Rápidamente se colocó encima de mí, con una pierna a cada lado de mi cuerpo y las rodillas hincadas en el colchón. Tenía mirada felina.
Me cogió una muñeca con cada mano y las apretó fuerte contra el colchón. Comenzó a besarme sin piedad, despacio, pero no dulce. No, más bien picante, salada, amarga en las milésimas en las que despegaba su boca de mí.  Me había inmovilizado totalmente, se estaba llevando el control de la situación a cada segundo que pasaba. Ella estaba jugando a su juego favorito, y yo era el juguete.
Mientras su boca bajaba por mi cuello, cerré los ojos y mi cuerpo se relajó, momento que ella aprovechó para morderme en el cuello. No muy fuerte, pero sí lo suficiente como para que un escalofrío me recorriese por completo y se me escapase de la boca un gemido, justo al lado de su oreja. No me di cuenta hasta entonces de que mi cuerpo se retorcía de gusto buscando encontrarse con el suyo. Me estaba provocando demasiado, me ardía el pecho.
En cuanto ella bajó la guardia conseguí darle la vuelta a la situación. Con un pequeño empujón le hice quedar debajo de mí. Estaba ciega de deseo. Mi cuerpo se movía sin que el cerebro procesase las órdenes.
Le quité la camiseta, me la quité yo, y me tumbé sobre ella. Piel contra piel, las dos ardíamos. Nos besábamos con fuerza, como intentando robarnos las bocas la una a la otra. En un momento le mordí el labio inferior, tal vez demasiado fuerte.
Comenzó a hincharse levemente y en seguida brotó la sangre. Para entonces yo estaba hipnotizada mirando cómo salía la primera gota. Instintivamente, lamí la herida con la punta de la lengua.
Si supieras lo que sentí al hacerlo...sé que es raro, pero me encantó. Era espesa, estaba caliente, sabía a óxido y a sal. Era...su esencia. Todo lo que era ella biológicamente hablando estaba su sangre. Y ahora su sangre estaba en mi boca. Era mía, sólo mía.
No podía parar de besarla, de llevarme ese elixir rojo, y mi deseo no paraba de crecer. No había un solo hueco entre nuestros cuerpos.
Me echó a un lado y quedamos las dos tumbadas en el colchón, la una junto a la otra. Ella giró su cuerpo y se inclinó hacia mí sin ponerse del todo encima. Su mano derecha comenzó a jugar por mi cuerpo. A acariciarme, a recorrerme. Cuando las yemas de sus dedos llegaron al borde de mi pantalón me estremecí. En todo el proceso no paró de besarme un solo momento.
Metió suavemente los dedos por dentro de mi ropa interior y comenzó a acariciarme. Me tocaba en con el ritmo perfecto, el movimiento justo y en el punto exacto. Mi cuerpo respondía a cada uno de sus movimientos y yo no podía ni quería hacer nada para evitarlo. Tras ella, me atrevo a decir que nunca nadie me volvió a hacer sentir así.
Y su labio, por supuesto, seguía sangrando.
Se separó momentáneamente de mi boca y una gotita de sangre resbaló hasta caer en la mía. Los suspiros se resbalaban entre mis labios, entre sus rizos, delante de sus ojos...
Poco le quedaba a mi cuerpo para llegar a la cima. Y ella lo notó. Sacó la mano de mi ropa interior y se separó de mí. Yo no pude reaccionar, apenas me dio tiempo y ella ya estaba besando mi piel. Desde el pecho hasta el ombligo, sus rizos resbalaban por mi cintura. Una vez allí, me quitó el pantalón y se deshizo de mis bragas. Cuando me abrió las piernas me sonrió, y entre respiraciones entrecortadas y escalofríos pude ver que su labio seguía sangrando.
Siguió con la lengua lo que había empezado con la mano. Caliente, húmeda, perfecta. Perdí el control sobre mí misma por completo. Me agarré fuerte a las sábanas, el placer que sentía iba agolpándose en mi cuerpo buscando una salida. Mi respiración se aceleró mucho, eché la cabeza hacia atrás y levanté las caderas, dejando salir el orgasmo en forma de gemido por mi boca.
Aún con pequeñas sacudidas, ella me sonrió y se abrió paso hasta mi boca. Mi cuerpo se relajó poco a poco sobre las sábanas ligeramente húmedas. Ella me besó dulcemente. Sabía a mí, y a su sangre. Una mezcla perfecta.

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Venga, di algo, que no muerdo. Bueno, a lo mejor sí, pero flojito.