Mientras te oía leer en la habitación de al lado un escalofrío recorrió mi nuca.
También te oía pasar las páginas, el roce de una hoja con la siguiente, tus dedos deslizándose por la esquina de cada una de ellas. Papel contra papel, piel contra papel, tu boca humedeciendo las yemas de los dedos para facilitarlo...
Y tu voz de fondo, impasible, bien modulada y profunda, dando sonido a las palabras impresas en tu libro. Casi podía sentir el olor de la tinta como si estuviera allí. Tinta deseando ser leída.
Me puse cachonda.
Lo admito.
Tu voz siempre fue un punto débil.
Un ligero hormigueo fue aflorando a la altura de mi diafragma. La piel se me puso de gallina.
Por unos segundos, te imaginé recitando uno de los párrafos a mi oído, junto a mi cuello. Otro escalofrío.
Mi respiración, del todo innecesaria dada mi condición de vampira, se trastabillaba al pensarte. Juraría que noté dilatarse mis pupilas cuando pasaste de nuevo una página.
Tumbada boca arriba en mi cama, ésta se me antojó demasiado vacía. Parecía una broma de mal gusto estar a escasos metros de ti, tan solo separada por una pared, pudiendo sentirte y oírte y que no estuvieras entre mis sábanas.
Cerré los ojos. No quería que ninguna decoración de mi techo pudiera distraerme de escucharte hablar. El mero roce de mi piel contra la ropa de cama me hacía estremecer.
Las palabras seguían escapando entre tus labios, y...Dios...quién fuera palabra en esos momentos.
La tela estorbaba contra mis pezones, iba a ahogarme en mi saliva.
Y me rendí ante mi mano.
Las caricias apartaban el camisón a su paso, dejando mi piel al descubierto. Mis dedos viajaron por mis pechos, contra mis pezones erectos, pero pronto siguieron bajando hasta su verdadero destino.
El encaje se retiraba ante mi deseo, y tu voz seguía en la habitación contigua, desnudándome ella a través de mis manos.
Primeras caricias, lentas, suaves, como tus palabras. Mis dedos se humedecieron en segundos. Los primeros suspiros luchaban por salir de mi boca, y yo debía contener la respiración cada vez que terminabas una página.
Continué tocando mis labios, mi clítoris, todo empapado de desearte haciéndolo tú, empapada de tu voz. Cada pausa, cada frase entonada, cada nuevo roce de las páginas...las caricias seguían tu ritmo al hablar. Mis muslos se retorcían, mi mano libre bailaba por mis tetas.
Me acelerabas, me aceleré. Las caricias no eran suficiente. Mis dedos entraron donde ellos querían, pues yo ya no era dueña de mí. Una y otra vez me follaron como deseaba que lo estuvieras haciendo tú entonces. Las caderas empezaron a ascender, los muslos a tensarse. Ya no podía aguantar la respiración, así que tuve que morderme la mano. Incluso tu voz pareció intensificarse, como si lo hicieras adrede. Mis dedos, ya empapados, no daban abasto.
"Fóllame", era la única palabra que podía elaborar mi cabeza entonces.
Si hubieras sabido lo que hacía cuando leías...