lunes, 22 de octubre de 2012

Schadenfreude

Schadenfreude: Palabra alemana cuyo significado concreto es "alegría por el sufrimiento ajeno".

En los siguientes días me dediqué a buscar y espiar al hombre que intentó violarme.
Finalmente di con él. Hermann W. Faust. Efectivamente, un neonazi de tres al cuarto que vivía de aterrorizar y maltratar a los demás. Vivía solo en un cuchitril. Iba a ser más fácil de lo que pensaba.

20 de Noviembre, casa de H.W. Faust. 3:18 A.M.
Hermann se encontraba tirado en el suelo, con los tobillos y las muñecas atados y una tira de cinta americana en la boca. Las gotas de sudor le caían por la frente arrastrando toda la hombría que aparentaba. La única lámpara que había en su...casa, por llamarlo algo, le apuntaba directamente a la cara.

Cogí el radiocassette que tenía en el salón y metí mi cinta.


-¿Te gusta Chopin?

Él se dedicó a gemir como una niñita bajo la cinta americana.

-Oh, perdona, qué despiste. Soy un desastre.

Le arranqué de un tirón la cinta y con ella parte de la piel de la boca. Una herida superficial.

-¡PUTA!

Al parecer era lo único que sabía decir este animalito. Mientras me dirigía a por mis herramientas de trabajo seguí hablándole.

-Fíjate que cosas, Chopin era polaco. He oído que a tu querido Adolf le gustaba mucho Polonia, ¿no?
-¿Qué mierdas dices? ¡Estás chiflada!
-Shhhhhh, niño, esa boca. No haces más que decir palabras feas. Voy a tener que pegártela para que no digas esas cosas...

Cogí pegamento de contacto, el más fuerte que encontré en las tiendas, y se lo unté por la boca. Después le junté las mandíbulas y en 30 segundos ya estaba seco. O se aguantaba con la boca cerrada o se tendría que arrancar los labios para abrirla.

-Eres un auténtico chico malo, ¿eh? Con tatuajes y todo...pues siento decirte que no me gustan nada nada nada los chicos tatuados.

Cogí la navaja de Hermann de su bolsillo y corté la cuerda que le ataba las muñecas. En seguida intentó revolverse y pegarme, pero no contaba con el pequeño detalle de mi fuerza sobrehumana. Cuando estiró la mano izquierda para agarrarme del tobillo, se la pisé con todas mis fuerzas y noté como sus huesos se partían bajo la suela de mis botas. Sin poder abrir la boca, Hermann gritó.
Le cogí la mano derecha y vi de nuevo la cruz celta. Casi me dan náuseas.

Con la navaja, empecé a cortarle la piel tatuada como si estuviera cortando una loncha de mortadela. Sus gritos y pataleos se entremezclaban con el dulce sonido de las teclas del piano.

Cuando terminé, tiré la "loncha" de piel contra la pared. La sangre caía sin cesar por su muñeca y no despertó en mí más que asco. Tal vez os preguntéis por qué no le maté chupándole la sangre. No es por ser tiquismiquis, pero el hecho de pensar en la sangre de aquel descerebrado era para mí como para vosotros, mortales, pensar en una magdalena de estiércol.

Él, mientras tanto, seguía retorciéndose y gritando mientras las lágrimas le caían por las mejillas. Qué patético.

Saqué del bolsillo de mi chaqueta una jeringuilla con estricnina, un potente veneno que, en resumidas cuentas, hace que se te contraigan los músculos...hasta producir el fallo respiratorio o la muerte cerebral. Eso si no se te han roto antes un par de huesos por las fuertes convulsiones.

Con una sola mano le giré el cuello y le inyecté todo el contenido de la jeringuilla (tampoco es necesaria mucha cantidad) directamente en la yugular.

En seguida comenzaron las contracciones. Sus extremidades se movían sin orden y él seguía gritando con la boca cerrada. Y Chopin, mientras tanto, seguía sonando.

Me puse de rodillas sobre él mientras su cuerpo convulsionaba. Rasgué la camiseta blanca de tirantes que llevaba con la navaja y dejé su torso al descubierto. Con la punta de la navaja, empecé a cortar su piel dibujando una gran estrella de David. No soy judía ni pro-judaísmo, pero era divertido.

-Eh, eh, Hermann...deja de moverte, así no me va a salir bien el dibujo y te va a doler más.

Sus gritos tapaban casi el piano. Una pena.
En fin, una vez terminada la estrella tomé la navaja con las dos manos y las alcé.
Durante los últimos compases del nocturno, disfruté de la cara de sufrimiento de Hermann. Había conseguido despegarse un poco los labios y ahora los tenía en carne viva, mientras todo su cuerpo se contraía sin que él pudiera evitarlo.
Cuando sonaron las últimas notas, bajé los brazos con toda mi fuerza y hundí la navaja en el centro de la estrella.
El esternón se partió y la sangre me salpicó la cara. Los ojos de Hermann permanecieron unos segundos con la misma cara de gilipollas asustado hasta que se fueron apagando.

Al cabo de unos instantes, me levanté, me puse la chaqueta, me limpié con una mueca de asco la sangre de la cara, cogí mi cinta y me fui.

domingo, 21 de octubre de 2012

Schadenfreude (Introducción)

13 de Noviembre de 1972, Alemania Federal.
Volvía a casa después de cenar con unos amigos. Era una hora un poco intempestiva, ya era noche cerrada. Hacía mucho frío, el invierno había llegado antes de tiempo. Si hubiera tenido algún aliento que exhalar, habría formado vaho. Las calles estaban casi vacías. Una chica normal no se habría arriesgado a recorrerlas sola. Iba ausente, pensando en mis cosas, mirando las fachadas de las casas. Aún quedaba un trecho hasta llegar a la mía.
De repente, noté que alguien me agarraba del hombro por detrás. Me giré bruscamente.

-Oye, guapa, ¿qué haces sola a estas horas?
Un hombre de unos treinta años, con la cabeza rapada y la ceja partida era mi interlocutor. Era bastante alto y estaba musculado. Ojos azules y una nariz que se habría roto por lo menos tres veces, teniendo en cuenta la irregularidad del hueso.

-Evitar a babosos como tú.
Estaba cansada, quería irme a casa y no tenía tiempo para aguantar gilipolleces. Se puso serio y se encaró.

-Eh, eh, guarra, ¿quién te crees que eres para hablarme así?
Me fue acorralando contra un escaparate que había a nuestro lado.

-¿Guarra? Me enseñó tu madre, a mí no me preguntes.
Sí, tal vez me estaba pasando. ¿Pero qué mas daba? Podía cargármelo allí mismo si quería.
...
O no.
A lo lejos vi una panda de chavales parados en la esquina. Con testigos no podía hacer nada salvo que los matara a ellos también, pero cargarme a seis personas la misma noche era arriesgado. Podría escapar alguno.
Mierda.
Mientras tanto, el baboso parecía enfurecerse por momentos.

-¡Te vas a acordar de esto, zorra!

En pocos movimientos me dio la vuelta hasta quedar detrás de mí, me retorció los brazos por detrás de la espalda y me tapó la boca con una mano. Me empujó hasta un callejón sucio y sin salida que daba a la puerta trasera de un almacén mientras los chavales de la esquina miraban de reojo.
Me tiró al suelo de un empujón.

-¿Qué pasa, guarrilla? Te gusta ponérmelo difícil, ¿es eso? Me gusta, me gusta. Una putilla con carácter.

Empezó a desabrocharse la bragueta y se acercó a mí, que seguía de rodillas en el suelo, frente a él. Pude ver entonces que tenía una cruz celta (símbolo neonazi y fascista) tatuada en la muñeca.
Oh, perfecto. Además de gilipollas era neonazi, valga la redundancia.
Se acercaba a mí con una sonrisa absurda puesta en la cara, intentando cogerme del pelo y acercar mi cara a su...lo que fuera que tenía entre las piernas.
Cuando alargó la mano para tocarme, estiré la pierna izquierda con todas mis fuerzas y le hice una barrida. Cayó de espaldas al suelo como un tronco. Sería muy alto pero era más bien torpe.
Antes de que pudiera levantarse, le di una patada en el hígado y se dobló de dolor. Me arrodillé a su lado y apretándole el cuello con la mano derecha, le dije al oído:

-Tu sí que te vas a acordar de esto, zorra....

Le dejé tirado en el suelo y me fui a mi casa. Había soportado demasiadas gilipolleces por hoy. Pero ese hijo de puta no iba a irse de rositas.
Realmente se iba a acordar de esto.