13 de Noviembre de 1972, Alemania Federal.
Volvía a casa después de cenar con unos amigos. Era una hora un poco intempestiva, ya era noche cerrada. Hacía mucho frío, el invierno había llegado antes de tiempo. Si hubiera tenido algún aliento que exhalar, habría formado vaho. Las calles estaban casi vacías. Una chica normal no se habría arriesgado a recorrerlas sola. Iba ausente, pensando en mis cosas, mirando las fachadas de las casas. Aún quedaba un trecho hasta llegar a la mía.
De repente, noté que alguien me agarraba del hombro por detrás. Me giré bruscamente.
-Oye, guapa, ¿qué haces sola a estas horas?
Un hombre de unos treinta años, con la cabeza rapada y la ceja partida era mi interlocutor. Era bastante alto y estaba musculado. Ojos azules y una nariz que se habría roto por lo menos tres veces, teniendo en cuenta la irregularidad del hueso.
-Evitar a babosos como tú.
Estaba cansada, quería irme a casa y no tenía tiempo para aguantar gilipolleces. Se puso serio y se encaró.
-Eh, eh, guarra, ¿quién te crees que eres para hablarme así?
Me fue acorralando contra un escaparate que había a nuestro lado.
-¿Guarra? Me enseñó tu madre, a mí no me preguntes.
Sí, tal vez me estaba pasando. ¿Pero qué mas daba? Podía cargármelo allí mismo si quería.
...
O no.
A lo lejos vi una panda de chavales parados en la esquina. Con testigos no podía hacer nada salvo que los matara a ellos también, pero cargarme a seis personas la misma noche era arriesgado. Podría escapar alguno.
Mierda.
Mientras tanto, el baboso parecía enfurecerse por momentos.
-¡Te vas a acordar de esto, zorra!
En pocos movimientos me dio la vuelta hasta quedar detrás de mí, me retorció los brazos por detrás de la espalda y me tapó la boca con una mano. Me empujó hasta un callejón sucio y sin salida que daba a la puerta trasera de un almacén mientras los chavales de la esquina miraban de reojo.
Me tiró al suelo de un empujón.
-¿Qué pasa, guarrilla? Te gusta ponérmelo difícil, ¿es eso? Me gusta, me gusta. Una putilla con carácter.
Empezó a desabrocharse la bragueta y se acercó a mí, que seguía de rodillas en el suelo, frente a él. Pude ver entonces que tenía una cruz celta (símbolo neonazi y fascista) tatuada en la muñeca.
Oh, perfecto. Además de gilipollas era neonazi, valga la redundancia.
Se acercaba a mí con una sonrisa absurda puesta en la cara, intentando cogerme del pelo y acercar mi cara a su...lo que fuera que tenía entre las piernas.
Cuando alargó la mano para tocarme, estiré la pierna izquierda con todas mis fuerzas y le hice una barrida. Cayó de espaldas al suelo como un tronco. Sería muy alto pero era más bien torpe.
Antes de que pudiera levantarse, le di una patada en el hígado y se dobló de dolor. Me arrodillé a su lado y apretándole el cuello con la mano derecha, le dije al oído:
-Tu sí que te vas a acordar de esto, zorra....
Le dejé tirado en el suelo y me fui a mi casa. Había soportado demasiadas gilipolleces por hoy. Pero ese hijo de puta no iba a irse de rositas.
Realmente se iba a acordar de esto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Venga, di algo, que no muerdo. Bueno, a lo mejor sí, pero flojito.