Desnudas y revueltas entre las sábanas como si la noche anterior hubiera sacudido la casa un terremoto.
Y bueno...en cierta forma así fue.
Recuerdo mi boca bajando desde su pecho hasta su ombligo, y toparme con su ropa interior de encaje negro, y quitársela despacito, como con pereza. Después besé todo aquello que descubrió la tela, besé toda su piel. Acaricié sus muslos con las yemas de los dedos, como si se los estuviera recorriendo una pluma en vez de mis manos.
Allí, con la cabeza entre sus piernas, tracé con la punta de la lengua una línea en el borde de su muslo izquierdo.
Levanté la vista y me topé con su cara. Estaba sonrojada, le daba vergüenza pero se moría de ganas.
Sonreí y se ruborizó aún más.
Volví a bajar la cara y con la ayuda de mis manos intenté que se tranquilizase.
Una caricia aquí, otra allá... un par de besos...
Cuando cerró los ojos, la recorrí por primera vez con la lengua.
Le dio un escalofrío y echó la cabeza hacia atrás.
Muy despacio, de abajo a arriba, otra vez más. Volvió a estremecerse. Dejó los labios entreabiertos, estaba preciosa.
Otra, y otra algo más rápida. Sabía mejor que la sangre de muchos mortales.
Solo con la punta de la lengua, otra más, y más, y más...
Cerré los ojos para disfrutarla mejor.
La saboreé como al mejor de los frutos, rodeándolo con mis labios, chupando, lamiendo, acariciando mientras tanto sus muslos y acercándola hacia mí.
Pronto empezaron a oírse sus suspiros.
Quería más y más de ella. Cada vez jugaba más rápido con la lengua, cada vez más cerca, algo más fuerte...quería sentir como terminaba en mi boca.
Sus jadeos eran cada vez más rápidos, sus escalofríos tan fuertes que era como si se transmitieran a mi cuerpo sus sensaciones.
Cuando estaba cerca, abrí los ojos para verla y disfrutarla aún más.
Su cuerpo se preparaba. La cadera con un ligero vaivén, el pecho subía y bajaba rápidamente. Los muslos le temblaban, las manos se extendían tensas sobre las sábanas, como si fueran ellas quienes la mantenían sujeta a la cama. La cabeza hacia atrás dejaba a la vista el cuello, con los músculos moviéndose sin descanso.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando oí el primer suspiro que se convirtió en gemido al salir de su boca. Separó la espalda de la cama elevando un poco el pecho y el movimiento de sus caderas se hizo más fuerte.
Siguió gimiendo y yo lamiendo lo más rápido que pude, intentando mantener la concentración en hacerla disfrutar aunque la tuviese ahí, tan guapa, corriéndose ante mis ojos.
Sus manos agarradas a las sábanas con fuerza, las mías rodeando sus muslos y apretándola contra mí.
Cada gemido me provocaba un escalofrío, más altos, más rápidos, más agudos...
Hasta que el último gemido cortó el aire.
Su cuerpo cayó como si hubieran cortado las cuerdas a una marioneta sobre la cama, entre pequeños espasmos involuntarios. En su cara seguía el gesto del placer, era lo más bonito del mundo.
En mi lengua sabía a ella. Lamí un par de veces muy lentamente para recoger de ella todo lo que pude mientras miraba cómo se retorcía sobre el colchón.
Se había corrido en mi boca, en mi lengua.
Era mía.
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Venga, di algo, que no muerdo. Bueno, a lo mejor sí, pero flojito.