domingo, 16 de septiembre de 2012

Del susurro al grito

Eran los años cincuenta. Nueva York. Una auténtica delicia.
Al igual que ella.

Ella. Una tímida secretaria de las grandes oficinas neoyorquinas de puertas afuera, una femme fatale en la intimidad. Del mismo modo, nosotras intentábamos dar la imagen de simples compañeras de trabajo y amigas, pero hubo mucho más entre las paredes de su apartamento.

Aquella noche cenamos en su casa. Ella, como siempre, impecablemente vestida. Blusa granate de cuello redondo ceñida al cuerpo, y falda de tubo negra, también pegada a sus largas piernas. Las mejores curvas que se vieron por las calles de Nueva York en mucho tiempo.
Labios pintados de rojo, perfectos. Ojos negros, pelo castaño recogido discretamente.

Es cierto que la quería, pero era peligrosa. Calculadora, siempre conseguía lo que quería a cualquier precio. No se puede decir que fuera mala. Para ella no existía el bien o el mal, simplemente el "lo que a mí me gusta" y el "lo que no". Y por eso era peligrosa. No había fronteras, pasaba por encima de cualquiera si se lo proponía.

Durante toda la velada estuvo lanzando esa mirada que sólo ponía cuando tramaba algo. Intentaba engatusarme. No quería lo de otras noches, tenía algo entre manos.
Tampoco dejó de soltar indirectas de vez en cuando, morderse durante unos instantes el labio o hablar casi entre susurros mientras sonreía ligeramente de lado.

Era evidente que quería algo, y lo peor es que fuera lo que fuera, estaba funcionando. Era imposible resistirse.

Cuando terminamos de cenar la conversación fue subiendo de tono. Con apenas dos frases ya había invadido más que de sobra mi espacio personal sobre el sofá blanco del salón.

Estaba especialmente lanzada, tramaba algo muy gordo, seguro, pero yo no podía pensar en ese momento.

Me quitó la falda y desabrochó mi camisa casi con agresividad. Su pintalabios había ido dejando huellas desde mi boca hasta mi ombligo. Yo, hipnotizada, en ropa interior y con la camisa a medio quitar, observé cómo ella, sin dejar de mirarme con ojos de gata, se desnudaba para mí.

Yo seguía paralizada, inmóvil del todo. Ella tenía el control de la situación. Se inclinó sobre mí y me besó sin parar. Sus manos me recorrieron todo el cuerpo sin prisas, adaptándose a cada forma de mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar.
Acercó su boca a mi oído, podía notar su respiración entre mi pelo.

-Sé que eres vampira.

El tiempo se paró en ese momento. Abrí los ojos, me quedé rígida. 
"Mierda. Mierda, no. ¡JODER, NO!", pensé.

-¿Pero qué? -Dije.

-Shhhh...Hagamos un trato. Yo no se lo digo a nadie, y tú me das la mitad de tu dinero.

-¿Qué? ¿Dinero? ¿Por qué?

-Todo el mundo quiere dinero, y sé que lo tienes. Una vampira con tantos años tiene que tener sus ahorrillos.- No dejó de sonreír en toda la conversación. Eso le divertía, se sentía la dueña de todo.

Pero iba a serlo por poco tiempo.

-Vale, trato hecho- Dije con la mejor de mis falsas sonrisas. Yo también sabía jugar a ese juego.

Al principio pareció decepcionada, supongo que quería jugar más rato y no se esperaba que se lo pusiera tan fácil.
Aproveché el momento de debilidad para empujarla y ponerme sobre ella. Estaba francamente desconcertada.

Le acaricié la cara interna de los muslos mientras la miraba observando sus reacciones. Mi mano se acercaba cada vez más, pero nunca llegaba a tocarla donde ella quería. Me encantó ver la rabia y la impotencia en sus ojos.
Finalmente introduje los dedos dentro de la tela de encaje. Muy despacio, muy despacio... ella había perdido todo el control y estaba indefensa.
Mis dedos jugaron con ella durante unos minutos. Su cuerpo comenzó a reaccionar solo, se rindió ante mí.
Sus jadeos se hicieron poco a poco más intensos, me incliné hasta estar justo frente a ella, hasta ver claramente cómo se mordía el labio con el pintalabios corrido, hasta notar su aliento en mi cara, hasta poder ver los músculos de su cuello trabajar con cada respiración.
Mis dedos seguían moviéndose, y cada caricia era una derrota para ella.

Cuando estaba a punto de llegar al clímax, me acerqué a su oreja derecha.

-Te va a doler un poquito.

No pudo responder, elevó las caderas y gimió...por poco tiempo.
Cuando su cuerpo se elevó un poco, clavé los colmillos en su yugular.
En un perfecto antagonismo, el gemido de placer se volvió un desgarrado grito de dolor.

Su sangre, dulce y amarga, como ella, llenó mi boca y resbaló por su cuello, manchando el blanco sofá.
Mis ojos ardían, como cada vez que mordía a alguien.
Su cuerpo se retorcía entre la marcha del orgasmo y la llegada del ardor.
No tenía otra opción, tenía que matarla.

Chupé toda su sangre sin dejar de mirar por el rabillo del ojo cómo se desvanecía. Estoy segura de que le importó más no tener el control y conseguir lo que quería que el hecho de morir en sí mismo.

Me clavó las uñas en la espalda con todas sus fuerzas antes de irse.
Incluso así, seguía siendo una de las mujeres más preciosas que había visto nunca.

-Una cena deliciosa.- Le dije al oído por última vez.

1 comentario:

  1. Bien hecho! Mordiendo en el momento justo, arrebatando el control y la vida. Seguro estaba deliciosa. :)

    Amenazar a una chica vampira no es una gran idea... me encanta la frase final. :)

    Me gustan mucho tus historias chica vampira. Un abrazo. :) ( Sin mordida, se buena) :)

    ResponderEliminar

Venga, di algo, que no muerdo. Bueno, a lo mejor sí, pero flojito.